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Apenas un trocito

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Observemos una pequeñísima superficie de nuestro organismo, apenas un centímetro cuadrado de la piel del dorso de nuestra propia mano. De los tres kilogramos de piel que cubren todo nuestro cuerpo, ¿qué hay de llamativo en ese cuadradito para que nos detengamos en él?

Esa pequeñísima superficie, que no llega a pesar un gramo, contiene lo siguiente: 1 metro de vasos sanguíneos para proveer alimento, 4 metros de nervios para llevar los mensajes, 10 pelos, 2 corpúsculos sensoriales para detectar el frío, 12 para detectar el calor, y 25 para detectar el tacto. Además, ese mismo trocito de piel tiene 15 glándulas sebáceas para mantener la elasticidad, 100 glándulas sudoríparas para expulsar las impurezas y 200 terminaciones nerviosas para captar el dolor. Sin contar los otros miles de células con su compleja estructura, presentes en ese mismo cuadradito de piel. Si esto se puede señalar en una porción tan simple de nuestro organismo, ¡cuánto más podría detallarse sobre los órganos más complejos! Aun un pelo, una célula, una sola uña, un poro respiratorio o un ínfimo vaso capilar contiene admirables características biológicas. Bien decía el salmista de la Antigüedad: «Te alabaré —oh Dios—; porque formidables, maravillosas son tus obras» (Salmo 139: 14). Realmente, cuando observamos la armonía y la perfección de nuestro organismo, con sus complicadas funciones, no podemos menos que elevar nuestro pensamiento al Creador de tanta maravilla. El ateo enmudece y el evolucionista queda sin argumento al estudiar el asombroso comportamiento apenas de una neurona. ¡Nuestro cerebro tiene 16 mil millones de ellas! ¿Cuidamos nuestro cuerpo como el gran capital de la vida? ¿Qué mayor riqueza podríamos poseer?