No busquemos los problemas

No busquemos los problemas

Un hombre me envió una carta: “Vivo aturdido con mis preocupaciones. Pareciera que los problemas me aplastaran. ¡Qué difícil me resulta la vida!”

¿Ha tenido usted alguna vez sentimientos parecidos a estos?

Como en el caso de este hombre, hay momentos en los que la vida se nos puede volver difícil y complicada, cuando los problemas nos aturden y confunden. Entonces, fácilmente perdemos la calma y la capacidad de luchar. Esto ocurre cuando nuestros males se convierten en nuestra obsesión y cuando solamente hablamos acerca de ellos. Pero, ¿por qué no hablar un poco de otros temas también? De lo contrario, podemos deprimirnos hasta el punto de enfermarnos.

Muchos se cargan de problemas porque ellos mismos se los buscan y se los crean innecesariamente. Allí está, por ejemplo, el que sufre de los pulmones porque es o fue un gran fumador; el que perdió su empleo por ser un obrero incumplidor; el joven que fracasó en su carrera porque no fue perseverante; la mujer que perdió a su marido porque no supo brindarle afecto. La lista podría hacerse interminable, para indicar en cada caso que muchos de nuestros males son el resultado directo de nuestra propia negligencia o insensatez.

Si tan solo supiéramos actuar con mayor cordura, ¡de cuántos problemas nos libraríamos! Pensemos con franqueza: ¿qué inconveniente nos aqueja en este momento? ¿Lo hemos provocado nosotros mismos o nos vino sin buscarlo? No importa cuál sea la respuesta, Dios puede serenar nuestro espíritu y resolver nuestros problemas más enredados.

Tiempo atrás, en la sala de una universidad, leí esta leyenda sobre un hermoso cuadro: “Solo los que ven lo invisible pueden hacer lo posible”. Es decir, quienes se acercan a Dios con fe pueden lograr lo que humanamente resulta imposible, porque ciertamente «la fe puede mover montañas». ¿Lo sabía usted?

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